lunes, 4 de julio de 2011

Hola me llamo Yolanda

Se abren las puertas del vagón y se percibe un aire más denso. "Hola me llamo Yolanda..." se puede leer en un pedazo de cartón que llevas pendiendo del cuello. Salta a mi mente la Yolanda de Pablo, esa mujer ficticia que todos amamos, parecería un buen comienzo, pero pronto se acaba cualquier evocación romántica cuando tus días de desconsuelo nos llegan de golpe en tu aroma, aroma de calle y de olvido, los pasajeros dormidos despiertan y todos fruncen el entrecejo, una oficinista se atreve a decir: -Huele a mierda! "Me llamo Yolanda  tengo parálisis cerebral, no me puedo valer por mi misma por eso les pido una ayuda para comprar un taco. Dios se los pague gracias." termina diciendo tu letrero justo antes de tu babero del que no puede distinguirse color, se oye la respuesta desde un lugar próximo donde un adolescente secunda la primera expresión -¡Si huele a mierda!- seguida de una risa burlona.Muevo la cabeza en señal de desaprobación, pero después de me doy cuenta de que tienen razón ¡huele a mierda! a la mierda en que nos hemos convertido al permitir que Yolanda se vea obligada a pedir, por necesidad o por abuso de alguien más , ese alguien a quien otro alguien conoce y no denuncia, la mierda de persona que te explota, que explota tu discapacidad refugiándose en la caridad, la mierda del otro alguien que protege al primer alguien para que te dejen pasar al metro sin llamar a alguna institución, pero que demonios digo las instituciones psiquiátricas también son una mierda por omisión, por justificarse en que no hay presupuesto. Efectivamente huele a mierda, a la mierda en que nos hemos convertido, perdón Yolanda, te extiendo los pocos pesos que aún traigo, tu los recibes con tu mano semiparalizada, si tu mano, eternamente tu mano.

Sísifo el héroe absurdo

Los dioses habían condenado a Sísifo a rodar sin cesar una roca hasta la cima de una montaña desde donde la piedra volvería a caer por su propio peso. Habían pensado con algún fundamento que no hay castigo más terrible que el trabajo inútil y sin esperanza.
Homero nos cuenta también que Sísifo había encadenado a la Muerte. Plutón no pudo soportar el espectáculo de su imperio desierto y silencioso. Envió al dios de la guerra, quien liberó a la Muerte de manos de su vencedor. Se dice también que Sísifo, cuando estaba a punto de morir, quiso imprudentemente poner a prueba el amor de su esposa. le ordenó que arrojara su cuerpo sin sepultura en medio de la plaza pública. Sísifo se encontró en los infiernos y allí irritado por una obediencia tan contraria al amor humano, obtuvo de Plutón el permiso para volver a la tierra
con objeto de castigar a su esposa. Pero cuando volvió a ver este mundo, a gustar del agua y el sol, de las piedras cálidas y el mar, ya no quiso volver a la sombra infernal. Los llamamientos, las iras y las advertencias no sirvieron para nada. Vivió muchos años más ante la curva del golfo, la mar brillante y las sonrisas de la tierra. Fue necesario un decreto de los dioses. Mercurio bajó a la tierra a coger al audaz por la fuerza, le apartó de sus goces y le llevó por la fuerza a los infiernos, donde estaba ya preparada su roca. Se ha comprendido ya que Sísifo es el héroe absurdo. Lo es en tanto por sus pasiones como por su tormento. Su desprecio de los dioses, su odio a la muerte y su apasionamiento por la vida le valieron ese suplicio indecible en el que todo el ser dedica a no acabar nada. Es el precio que hay que pagar por las pasiones de esta tierra.